Galicia, tierra de meigas y misterios, de bosques umbríos y costas batidas por el Atlántico, evoca en el imaginario colectivo una profunda conexión con el mundo celta. Pero, ¿cuánto hay de realidad histórica y cuánto de construcción mítica en esta percepción? Adentrarse en la influencia celta en Galicia es como navegar en un mar de niebla, donde la historia, la arqueología y la leyenda se entrelazan, a veces confundiendo los contornos de la verdad. Como escribió el poeta persa Rumi, «La verdad era un espejo en manos de Dios. Se cayó y se rompió en pedazos. Cada uno tomó un trozo y, al mirarse en él, creyó tener la verdad completa».
La presencia de pueblos de cultura celta en la antigua Gallaecia es innegable, aunque su cronología y alcance exacto son objeto de debate. Los castros, esos poblados fortificados que salpican el paisaje gallego, son el testimonio más tangible de esta presencia. Construidos a partir de la Edad del Hierro, estos asentamientos comparten características con otros hallazgos arqueológicos de la cultura celta en Europa, como la orfebrería, la cerámica y las armas. Sin embargo, atribuir toda la cultura castreña a una única «invasión» celta es simplificar un proceso mucho más complejo de influencias, intercambios y evolución cultural a lo largo de siglos. La cultura castreña se extiende al menos entre los siglos VIII y VI a.C y el I d.C.
La interpretatio romana, ese proceso por el cual los romanos identificaban a las deidades locales con sus propios dioses, nos ofrece pistas sobre la religiosidad de estos pueblos. Deidades como Lug, identificado con Mercurio, o Bandua, asociado a Marte, sugieren un panteón con paralelismos en otras áreas de influencia celta. Sin embargo, como bien sabemos, la interpretatio era una herramienta de dominación cultural, no un reflejo fiel de las creencias originales. Como dijo San Agustín: «Noli foras ire, in te ipsum redi; in interiore homine habitat veritas» («No vayas fuera, vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad»). Y la «verdad» de la religiosidad prerromana en Galicia permanece, en gran medida,
Durante el Romanticismo del siglo XIX, la figura del celta, noble y salvaje, en armonía con la naturaleza, fue idealizada y utilizada como símbolo de identidad nacional en diversas regiones europeas, incluida Galicia. El «celtismo» gallego, impulsado por intelectuales como Eduardo Pondal y Manuel Murguía, encontró en el pasado celta una raíz mítica para la identidad gallega, diferenciándola de la española. Este movimiento, con obras como «Queixumes dos pinos» de Pondal, que evocaba una Galicia ancestral y celta, construyó una narrativa poderosa, pero no siempre fiel a la evidencia histórica. Se recuperaron tradiciones y festividades, dándoles un barniz celta, como el caso de los maios o las hogueras de San Juan.
La lengua gallega, aunque de origen latino, conserva algunos vocablos de posible origen celta, relacionados principalmente con la toponimia (nombres de lugares) y elementos de la naturaleza. Palabras como «berce» (cuna), «carballo» (roble) o «laxe» (losa) son ejemplos de esta posible herencia lingüística. No obstante, el peso del latín vulgar, traído por los romanos, fue abrumadoramente mayor en la configuración del gallego-portugués.
En la actualidad, la «influencia celta» en Galicia se manifiesta en múltiples ámbitos: la música, con el uso de instrumentos como la gaita (aunque su origen es más complejo y debatido); el arte, con la reinterpretación de símbolos y motivos celtas; y el turismo, que explota el atractivo de esta herencia cultural. Incluso en la genética, estudios recientes sugieren una conexión con poblaciones de las Islas Británicas, aunque la interpretación de estos datos es compleja y no debe simplificarse.
Parafraseando a Shakespeare en Hamlet, podríamos decir que en la relación de Galicia con lo celta hay «más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que han sido soñadas en tu filosofía».
La relación de Galicia con su pasado celta es, en definitiva, una compleja interacción entre la historia, el mito y la construcción de la identidad. Si bien la evidencia arqueológica, lingüística y cultural atestigua una presencia e influencia celta innegable, es crucial distinguir entre la realidad histórica y la idealización romántica posterior. El «celtismo» gallego, como todo nacionalismo, ha seleccionado y reinterpretado el pasado para construir una narrativa identitaria. La tarea, por tanto, consiste en navegar entre la bruma del mito y la solidez de la evidencia, reconociendo la complejidad de un legado que sigue vivo, transformándose y resignificándose en el presente. ¿Hasta dónde podemos desentrañar la verdad de ese pasado celta? ¿Qué nuevas investigaciones arrojarán luz sobre esta relación ancestral? La búsqueda continúa, invitándonos a una constante relectura de nuestra historia.