La Guerra de Independencia Española (1808-1814) es a menudo vista como un levantamiento nacional contra la invasión napoleónica, un relato épico de resistencia popular. Sin embargo, este conflicto fue un crisol de intereses, lealtades y contradicciones regionales. Galicia, en el extremo noroeste de la Península Ibérica, jugó un papel crucial, a menudo eclipsado por el protagonismo de otros escenarios bélicos. Abordar su participación es como descorrer el velo de una historia silenciada, un acto de justicia poética para una región que, como un león dormido, despertó con una fuerza inesperada. Como escribió Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra: «Hay que tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina». Galicia, aparentemente al margen de los grandes centros de poder, encontró en el caos de la guerra la oportunidad de manifestar su propia estrella.
La relación de España con la Francia napoleónica fue, en sus inicios, de alianza estratégica. El Tratado de Fontainebleau (1807) permitía el paso de las tropas francesas por territorio español para invadir Portugal, aliado de Gran Bretaña. Sin embargo, la ambición de Napoleón iba más allá: su objetivo era controlar toda la Península Ibérica. La presencia francesa, inicialmente tolerada, se convirtió en una ocupación encubierta. El Motín de Aranjuez (marzo de 1808) y las abdicaciones de Bayona (mayo de 1808), donde Carlos IV y Fernando VII cedieron la corona a José Bonaparte, hermano de Napoleón, encendieron la mecha de la rebelión.
La noticia de los sucesos de Madrid llegó a Galicia con rapidez. A diferencia de otras regiones, donde las autoridades establecidas dudaron o colaboraron con los franceses, en Galicia se produjo una rápida reacción popular. El 30 de mayo de 1808, la multitud, incitada por el clero y la nobleza local, se levantó en La Coruña. Se formó una Junta Suprema del Reino de Galicia, que asumió la soberanía en nombre de Fernando VII y declaró la guerra a Francia. Esta Junta, integrada por representantes de las principales ciudades gallegas, fue una de las primeras en constituirse en España y un ejemplo de autogobierno en un momento de vacío de poder.
La respuesta francesa no se hizo esperar. El mariscal Soult, al mando de un poderoso ejército, entró en Galicia a principios de 1809. La resistencia gallega, apoyada por tropas británicas dirigidas por Sir John Moore, se concentró en La Coruña. La Batalla de Elviña (16 de enero de 1809), aunque tácticamente una victoria francesa, permitió la evacuación de las fuerzas británicas, un hecho crucial para la continuación de la guerra en la Península. La muerte de Moore en la batalla, inmortalizada en el poema de Rosalía de Castro, se convirtió en un símbolo del sacrificio aliado. Como dijo Virgilio en la Eneida: «Forsan et haec olim meminisse iuvabit» («Quizás algún día nos sea grato recordar esto»). La memoria de Elviña, con sus luces y sombras, se convertiría en un hito de la resistencia gallega.
Tras la ocupación francesa de las principales ciudades, la resistencia gallega se organizó en guerrillas. Estas partidas, formadas por campesinos, soldados licenciados y desertores, hostigaban constantemente a las tropas francesas, cortando sus líneas de comunicación y suministros. La orografía gallega, con sus montañas y valles, favorecía este tipo de guerra irregular. Líderes guerrilleros como Cachamuíña o Mauro Troncoso se convirtieron en figuras legendarias. El control francés del territorio fue siempre precario, limitado a las ciudades y las principales vías de comunicación. El campo gallego, en gran medida, permaneció bajo el control de la resistencia.
La situación en Galicia cambió radicalmente con la ofensiva aliada de 1809. La victoria en la Batalla de Ponte Sampaio (junio de 1809), liderada por el coronel Pablo Morillo (quien luego jugaría un destacado papel en las guerras de independencia hispanoamericanas) y el canónigo y militar Bernardo González del Valle, conocido como «Cachamuíña» , supuso la expulsión definitiva de las tropas de Soult de Galicia. Esta batalla, a menudo olvidada en la narrativa general de la Guerra de Independencia, fue un hito crucial en la liberación de Galicia. Aunque algunas ciudades, como Vigo (reconquistada por una revuelta popular anterior a Pontesampaio) y Ferrol, permanecieron bajo control francés durante algún tiempo, la mayor parte del territorio gallego quedó libre de la ocupación napoleónica mucho antes que otras regiones de España.
La participación de Galicia en la Guerra de Independencia fue mucho más que un episodio periférico. Fue una demostración de la capacidad de resistencia de una región que, a pesar de su aparente aislamiento, jugó un papel decisivo en la derrota de Napoleón. La Junta Suprema de Galicia fue un ejemplo de autogobierno y movilización popular. La Batalla de Elviña, aunque una derrota táctica, aseguró la retirada británica y mantuvo viva la llama de la resistencia. La guerrilla gallega, con su conocimiento del terreno y su ferocidad, minó la moral y los recursos del ejército francés. La victoria en Ponte Sampaio, liderada por héroes locales, liberó a Galicia mucho antes que a otras regiones.
Galicia demostró que, como escribió Cervantes en El Quijote, «la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». La guerra, sin embargo, también dejó cicatrices: la pérdida de vidas humanas, la destrucción de infraestructuras y la exacerbación de las tensiones sociales. El legado de la Guerra de Independencia en Galicia es, por tanto, una compleja mezcla de heroísmo, sufrimiento y transformación. ¿Qué lecciones podemos extraer de esta experiencia? ¿Cómo ha moldeado la identidad gallega? La respuesta, como siempre, reside en seguir explorando, en seguir interrogando a la historia.