Galicia romana: El eco de piedra en el Finisterre del Imperio

Legión romana - Galicia romana

La historia, como un río caudaloso que labra su lecho a través del tiempo, a menudo deja meandros ocultos, paisajes sumergidos bajo la corriente de los siglos. Así, la Gallaecia romana, ese confín occidental del vasto Imperio, se nos presenta como un tapiz desvaído, donde los hilos de piedra y leyenda se entretejen en una narrativa fragmentada. Nos asomamos a un mundo donde el latín, lengua del conquistador, resonaba junto al murmullo ancestral de lenguas pre-romanas, un eco que aún hoy, como sugirió Rilke, nos recuerda que «lo definitivo es siempre lo que no ha sucedido».

La Conquista y la Pax romana: Entre la resistencia y la asimilación

La llegada de Roma a Gallaecia no fue un simple acto de conquista militar, sino un complejo proceso de asimilación, resistencia y sincretismo. Las legiones, portadoras del águila imperial, encontraron una tierra habitada por pueblos indómitos, los gallaeci, guerreros que, como los astures y cántabros, defendieron su independencia con fiereza. Sin embargo, la pax romana, impuesta tras las Guerras Cántabras (29-19 a.C.), trajo consigo una nueva era. No fue la paz del silencio, sino la paz del intercambio, del mestizaje cultural. Como escribió Gonzalo de Berceo, evocando el poder transformador de la fe (aunque aquí aplicado a la romanización): «Quiero fer una prosa en román paladino, / en cual suele el pueblo fablar a su vecino». La prosa «román paladino» de la administración romana se fue imponiendo, pero el «vecino» galaico nunca dejó de hablar en su propia lengua, en sus propias formas.

Urbanismo y sociedad: Ciudades romanas y castros persistentes

La Gallaecia, integrada inicialmente en la Hispania Citerior y luego transformada en provincia, se convirtió en un crisol de culturas. Las ciudades romanas, como Lucus Augusti (Lugo), Bracara Augusta (Braga) y Asturica Augusta (Astorga), se alzaron como centros de poder y romanización. Sus murallas, teatros y termas, testimonios pétreos de la ingeniería romana, contrastaban con los castros, poblados fortificados de origen prerromano que, aunque en declive, persistían como núcleos de resistencia cultural. La red viaria, la famosa Vía Nova (Vía XVIII del Itinerario de Antonino), conectaba estos enclaves, facilitando el comercio y el movimiento de tropas, pero también sirviendo como arteria por la que fluía la savia de una nueva identidad.

La interpretatio romana y la persistencia de cultos ancestrales

El impacto de Roma se manifestó también en la religión. El panteón romano, con Júpiter, Marte y Minerva a la cabeza, se superpuso a las deidades locales, en un proceso de interpretatio romana. Así, el dios celta Lug se identificó con Mercurio, y deidades como Endovélico encontraron un nuevo rostro en el culto imperial. Sin embargo, esta superposición no fue total. Como nos recuerda la persistencia de cultos prerromanos, la romanización fue un proceso bidireccional, una negociación constante entre el poder imperial y la identidad local.

Arte y cultura: Adaptación y dialecto artístico

En las artes, la influencia romana es palpable en la escultura y la orfebrería. Las representaciones de dioses romanos y emperadores, junto con los exquisitos trabajos en oro y plata, reflejan la adopción de las formas y técnicas romanas. Pero, como en la arquitectura, la adaptación local a menudo modificaba los modelos imperiales, creando un estilo propio, un dialecto artístico dentro del gran lenguaje romano.

Podríamos, parafraseando a Goethe cuando hablaba de la poesía, decir que la Gallaecia romana fue “una ventana a lo infinito, un espejo del alma» de una época de transición. Una época donde lo antiguo y lo nuevo se fundieron, dando lugar a una cultura híbrida y singular.

Ecos de la Gallaecia en el presente

La Gallaecia romana, lejos de ser una simple provincia marginal del Imperio, fue un escenario de profundo cambio y adaptación. La herencia romana, visible en la lengua, el derecho, la arquitectura y las costumbres, perdura hasta nuestros días, pero la esencia prerromana, ese sustrato cultural profundo, continúa vibrando en el alma gallega. La historia de la Gallaecia romana es, por tanto, una invitación a la reflexión, un recordatorio de que la identidad de un pueblo es un tapiz complejo, tejido con hilos de conquista, resistencia, adaptación y, sobre todo, de una profunda e inquebrantable memoria. ¿Qué ecos de esa Gallaecia resuenan aún hoy? ¿Qué piedras, qué palabras, qué costumbres nos hablan de ese pasado remoto, pero no olvidado? La respuesta, como siempre, reside en seguir explorando, en seguir interrogando a las piedras y a las sombras.