Gallaecia indómita: El eco de las águilas romanas en el fin del mundo

Gallaecia vs Roma - Legión Romana
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Imaginen por un momento. Siglo II antes de nuestra era. Las legiones romanas, curtidas en mil batallas, avanzan imparables por la Península Ibérica. Han sometido a pueblos orgullosos, han doblegado resistencias numantinas, han extendido sus calzadas como venas de piedra por paisajes conquistados. Pero allí, en el rincón más occidental, más allá de las montañas y los ríos caudalosos, les espera un desafío diferente. Gallaecia. Un nombre que evoca misterio, resistencia, un eco de tradiciones milenarias que se niegan a desaparecer bajo el peso de las águilas imperiales.

El finisterrae codiciado

¿Qué era Gallaecia antes de que Roma posara sus ojos en ella? No era un reino unificado, no al modo en que Roma entendía la organización política. Era un mosaico de pueblos, los populi galaicos, agrupados en torno a sus castros: recintos fortificados en lo alto de las colinas, verdaderos nidos de águila desde donde dominaban valles fértiles y costas escarpadas.

Vivían en casas circulares de piedra y paja, trabajaban el metal con maestría –sus torques de oro y sus puñales de antenas son testimonio de una orfebrería exquisita y enigmática– y rendían culto a deidades vinculadas a la naturaleza, a los ríos, a las montañas, al océano Atlántico que marcaba su límite occidental, el Mare Tenebrosum, el mar de las tinieblas. Eran pueblos guerreros, sin duda.

Las fuentes clásicas, aunque a menudo teñidas por la óptica del conquistador, nos hablan de su fiereza en combate, de su desprecio por la muerte, de una independencia indómita. ¿Qué buscaba Roma en aquellas tierras remotas? Buscaba, como siempre, expandir sus fronteras, asegurar rutas, pacificar territorios. Pero buscaba también, no lo olvidemos, recursos naturales. El oro aluvial de los ríos gallegos, el estaño, tan necesario para la fabricación del bronce… Gallaecia era rica, y su riqueza, aunque defendida con uñas y dientes, era un imán demasiado poderoso para la ambición romana.

Las águilas avanzan: Décimo Junio Bruto, el Galaico

Y entonces entra en escena una figura clave, un hombre cuyo nombre quedaría unido para siempre al de esta tierra conquistada: Décimo Junio Bruto. Corría el año 138 antes de Cristo cuando este cónsul romano, ambicioso y pragmático, recibe el encargo de someter, de una vez por todas, a los rebeldes lusitanos y galaicos.

Bruto no es un general cualquiera. Es un estratega consumado, un hombre dispuesto a llevar las águilas romanas hasta donde nunca antes habían llegado. Su campaña por Gallaecia se convierte en una auténtica epopeya, una lucha no solo contra los hombres, sino también contra una geografía hostil y un clima desafiante.

El río Límia

Las crónicas nos narran episodios cargados de simbolismo. ¿Recuerdan ustedes la leyenda del río Lethes, el río del olvido?Según la tradición, las tropas romanas se negaban a cruzar el río Limia, creyendo que si lo hacían olvidarían su patria, su familia, su propia identidad. Fue el propio Bruto, nos dice Estrabón, quien tuvo que cruzarlo primero, estandarte en mano, y llamar a sus soldados uno por uno por su nombre desde la otra orilla para demostrar que la memoria permanecía intacta. Un gesto audaz, sin duda, que refleja la mezcla de superstición y determinación que envolvía aquella campaña en los confines del mundo.  Este episodio se conmemora cada año en Xinzo de Limia durante la Festa do Esquecemento, una celebración donde la historia revive en clave simbólica y festiva.

Una lucha implacable

Pero no todo fueron gestos simbólicos. Hubo batallas cruentas, asedios a castros formidablemente defendidos. Las legiones, con su disciplina férrea y su maquinaria de guerra, se enfrentaron a la táctica de guerrilla de los galaicos, a su conocimiento del terreno, a su valor desesperado. Bruto avanzó, implacable, dejando tras de sí un rastro de sometimiento, pero también ganándose a pulso un sobrenombre que pasaría a la historia: Gallaicus, el Galaico. Un título honorífico que reconocía, a su manera, la dureza del enemigo vencido.

Ecos de la batalla: Más allá de las crónicas

Pero, ¿fue tan sencilla la conquista como a veces nos la presentan las fuentes romanas? ¿Se doblegaron sin más los pueblos galaicos ante el poderío de las legiones? Aquí es donde la historia se entrelaza con el misterio, amigos míos. Las crónicas oficiales, escritas por y para romanos, tienden a magnificar las victorias propias y a minimizar la resistencia enemiga. Sin embargo, la arqueología nos ofrece otras pistas.

Los numerosos campamentos romanos descubiertos en Galicia, algunos de ellos de carácter temporal pero estratégicamente situados, sugieren una presencia militar prolongada, una necesidad de controlar un territorio que quizá no estaba tan pacificado como se pretendía. ¿Cuántos castros resistieron hasta el final? ¿Cuántos episodios de rebeldía, cuántos actos de heroísmo anónimo no quedaron registrados en los anales de Roma? ¿Qué sintieron aquellos legionarios al enfrentarse a un paisaje tan diferente, tan cargado de una energía ancestral, tan distinto a las soleadas llanuras de Italia? Son preguntas que quizá nunca tengan una respuesta completa, pero que nos invitan a mirar más allá de la versión oficial, a escuchar los ecos silenciosos que aún resuenan entre las piedras de los viejos castros.

La resistencia galaica fue, sin duda, tenaz y prolongada. La romanización completa de Gallaecia no se lograría hasta tiempos de Augusto, más de un siglo después de la campaña de Bruto. Un siglo de luchas intermitentes, de pactos y traiciones, de asimilación y resistencia.

La huella imborrable: Romanitas en Gallaecia

Y sin embargo, la huella de Roma fue profunda, imborrable. Una vez consolidado el dominio, Roma comenzó a transformar Gallaecia a su imagen y semejanza, aunque siempre adaptándose a la realidad del terreno. Se trazaron calzadas que conectaban puntos estratégicos, facilitando el movimiento de tropas y mercancías. Pensemos en la Vía Nova (Vía XVIII del Itinerario de Antonino), que unía Bracara Augusta (Braga) con Asturica Augusta (Astorga), una obra de ingeniería monumental que aún hoy nos asombra con sus puentes como el do Bibei.

Se fundaron ciudades o se desarrollaron núcleos preexistentes bajo el modelo romano: Lucus Augusti (Lugo), con sus murallas imponentes, hoy Patrimonio de la Humanidad, único recinto amurallado romano que se conserva íntegro en el mundo; Bracara Augusta (Braga); Aquae Flaviae (Chaves)… Se explotaron intensivamente los recursos mineros, especialmente el oro, utilizando técnicas de ingeniería hidráulica a gran escala.

Se construyeron villae, explotaciones agropecuarias que introducían nuevos modelos de producción. Y, por supuesto, se difundió el latín, que acabaría desplazando a las lenguas prerromanas, aunque dejando sustratos y topónimos que aún hoy perduran. Nació así una nueva realidad: la Gallaecia Romana. Una simbiosis compleja, un crisol donde la cultura castreña y la romana se mezclaron, a veces de forma conflictiva, otras de manera más armoniosa, dando lugar a una identidad singular que marcaría el futuro de esta tierra.

¿Qué queda hoy de todo aquello?

Quedan, como testigos mudos pero elocuentes, las piedras. Quedan los restos de los campamentos, las ruinas de las villae, los puentes que aún soportan el tráfico moderno, los miliarios que marcaban las distancias en las calzadas, la muralla de Lugo que sigue abrazando la ciudad.

Queda, sobre todo, un legado intangible, una forma de ser, una identidad forjada en esa encrucijada de la historia. Al caminar por los senderos de Galicia, al contemplar sus paisajes donde aún se adivinan las siluetas de los castros, al cruzar un puente romano sobre un río que fluye igual que hace dos mil años, es imposible no sentir el peso de la historia, el eco de aquellas legiones que llegaron hasta el fin del mundo conocido. Es imposible no pensar en la tenacidad de aquellos galaicos que defendieron su tierra y su cultura con un coraje que mereció el respeto de sus conquistadores.

Epílogo

La historia, amigos, nunca es un relato cerrado. Siempre hay enigmas por desvelar, matices por descubrir. Y en esa búsqueda apasionante del pasado, en ese intento por comprender las huellas que nos dejaron quienes nos precedieron, reside una de las aventuras más fascinantes del espíritu humano. Gallaecia y Roma. Un choque de titanes en el confín de occidente. Una historia de conquista, sí, pero también de resistencia, de fusión y de un legado que, créanme, aún tiene mucho que contarnos.

Gracias por acompañarme en este viaje. Les espero, como siempre, en nuestro próximo encuentro con el misterio y la historia. Hasta entonces, que la curiosidad y el asombro guíen sus pasos. Muy buenas noches.