Hay sitios a los que se llega y sitios a los que no. O Grove pertenece a los segundos.
Porque uno cruza el istmo que lo conecta con el continente, siente la brisa del Atlántico entrar por la ventanilla del coche, escucha el chillido de las gaviotas sobrevolando el puerto, pero algo en el aire te dice que O Grove no es un destino, sino un paréntesis en el tiempo.
Aquí, las coordenadas se vuelven difusas, las mareas escriben y borran las fronteras, y todo huele a mar en distintos grados de intensidad: alga recién arrancada de las rocas, redes que secan al sol, navajas recién abiertas sobre un plato de loza blanca.
O Grove no es un pueblo, es un estado mental.
Pero vayamos por partes.
Si el mar tiene una certeza, es que tarde o temprano te devuelve a casa. En O Grove, sin embargo, las calles parecen empeñadas en lo contrario. Uno camina entre casas de piedra con contraventanas de madera, pasa por la plaza donde se vende pescado cada mañana, saluda a un hombre mayor que juega con las llaves en la mano, pero nunca sabe exactamente dónde está ni hacia dónde se dirige.
Los caminos parecen trazados sin intención de llevarte a ningún sitio, solo de perderte un poco más.
Y es ahí, en ese extravío controlado, donde se entiende que O Grove no se recorre, se descubre.
Porque de pronto, en una esquina sin pretensiones, encuentras un restaurante diminuto donde una mujer de delantal azul revuelve un caldeiro de marisco. O un callejón que desemboca en un mirador natural desde donde el océano se despliega con la indiferencia de quien ha estado ahí mucho antes que nosotros.
Si O Grove tiene un latido, resuena en el puerto.
Desde primera hora, el escenario está listo: barcos que regresan con las bodegas repletas, lonjas donde el marisco cambia de manos en cuestión de minutos, marineros que intercambian frases cortas y secas, como si cada sílaba costara el precio de una nécora.
En un artículo de Turismo de Galicia (2022) se afirma que «O Grove es uno de los puertos más activos de Galicia, con una lonja que mueve toneladas de marisco cada año, exportando sus productos a mercados nacionales e internacionales».
Pero los números no explican el olor a salitre, la velocidad con la que las cajas de almejas pasan de un lado a otro, la manera en que los peces plateados reflejan la luz del amanecer mientras un camión se los lleva a Madrid antes de que el pueblo haya terminado de despertarse.
Sentarse en el puerto y observar el ir y venir de todo ese engranaje es un espectáculo mejor que cualquier teatro.
Desde la orilla, las bateas flotan con su indiferencia habitual. Son solo manchas oscuras sobre la superficie del agua, plataformas de madera donde el tiempo parece haberse detenido.
Pero bajo ellas, se libra una batalla silenciosa: el mejillón crece aferrado a las cuerdas, filtrando el agua con una paciencia que los humanos jamás entenderemos. Un ciclo que sigue su propio ritmo, ajeno a las prisas de quienes vendrán a devorarlo sin detenerse a pensar en los meses que ha tardado en alcanzar su tamaño perfecto.
Según un estudio del Instituto Galego de Acuicultura (2021), “Galicia produce el 98% del mejillón de España y O Grove es uno de los puntos neurálgicos de esta industria”.
Cifras aparte, la verdad es que cuando uno come mejillones en O Grove, no está solo comiendo mejillones.
Está probando un pedazo de océano, un resumen de la ría en versión comestible.
En O Grove, la comida no se anuncia con grandes letreros ni menús turísticos con fotos brillantes. Aquí el prestigio se mide en olor y en confianza.
Si una taberna está llena de locales con camisa arremangada, es porque ahí se come bien. Si el dueño del restaurante te sugiere algo fuera de carta, di que sí sin preguntar demasiado.
Porque el marisco no se pide, se acepta.
En la Fiesta del Marisco, que se celebra cada octubre, la plaza del pueblo se convierte en un homenaje a todo lo que viene del mar: percebes, nécoras, almejas, vieiras servidas en su propia concha. El evento es tan popular que Turismo de Galicia (2023) lo define como “una de las grandes citas gastronómicas del noroeste peninsular, atrayendo a miles de visitantes cada año”.
Pero más allá de la fiesta, más allá del evento multitudinario, la verdadera experiencia está en esas cenas largas y sin prisas, donde las manos se llenan de jugo de centollo y la conversación se ralentiza, como si el tiempo también quisiera saborear el momento.
Si el pueblo es el alma de O Grove, la playa de A Lanzada es su escapatoria.
Kilómetros de arena donde el viento sopla con la libertad de quien nunca ha sido domesticado, donde las olas rompen con la insistencia de los días repetidos y donde uno puede caminar y caminar sin que nadie le pregunte a dónde va.
Desde lo alto, la ermita de A Lanzada vigila el horizonte. Se dice que en esta playa se realiza el ritual del Baño de las Nueve Olas, un rito que, según el Centro de Etnografía de Galicia (2022), “tiene raíces paganas y se asocia a la fertilidad y a la purificación”.
Si es mito o realidad, da igual. Lo importante es creer en algo, aunque sea en el mar.
Al final del día, cuando el sol se hunde en la ría y los últimos barcos atracan en el puerto, uno se da cuenta de que O Grove no es un sitio al que se llega, sino un sitio que se queda dentro.
Porque hay viajes que se hacen con billete de vuelta y viajes que, aunque terminen, siguen ocurriendo en la cabeza del que los vivió.
Y cuando, tiempo después, en otro lugar del mundo, te sorprendas recordando el sonido de las gaviotas, el sabor del mar en los labios, el peso de una concha en la palma de la mano, sabrás que una parte de ti todavía sigue allí.
Todavía en O Grove.