La queimada : Magia y tradición

Queimada - Conxuro da Queimada

¿Y si te dijera que hay un conjuro líquido y ardiente capaz de suspender el tiempo, donde el aroma a aguardiente quemado te hace perder el norte funcional y encontrar un sur más antiguo, más pagano?

Imagina la escena, si quieres. Una noche cerrada, quizá aquí mismo en Ourense, o en cualquier rincón de Galicia donde la piedra guarda memoria y el aire huele a humedad y a misterio. Un grupo de gente reunida en penumbra. En el centro, un recipiente de barro, el pote, que espera paciente su momento de alquimia. No hay prisa. El reloj de la rutina, el de las obligaciones y los horarios, parece haberse detenido en la puerta. Estás entrando, sin saberlo del todo, en un paréntesis, en un territorio liminal donde lo importante no es llegar a ninguna parte, sino participar en el ritual, dejar que algo ocurra, algo que escapa a la lógica cartesiana. Esto, amigo lector, no es una simple bebida; es la Queimada.

El baile del fuego azul

Todo empieza con los elementos, casi como en un cuento antiguo. El aguardiente, transparente y fuerte, espíritu destilado de la tierra. El azúcar, blanco y dulce, promesa de consuelo. Unos granos de café, oscuros y amargos como secretos guardados. La piel de un limón, cítrica y brillante, para cortar la densidad. Se mezclan en el pote con una parsimonia casi litúrgica. Y entonces, ocurre la magia. Alguien acerca una llama al aguardiente previamente calentado y… fuego. Pero no un fuego cualquiera. Unas llamas azules, fantasmagóricas, que danzan sobre la superficie del líquido, iluminando los rostros expectantes con un resplandor de otro mundo. El aire se carga al instante con un olor intenso, penetrante: alcohol que se evapora, azúcar que se carameliza dolorosamente, el limón que libera sus aceites esenciales, el café que empieza a tostarse. Es un perfume que te atrapa, que te aísla del exterior, que te sumerge de lleno en el instante. Con un cucharón largo, el oficiante remueve lentamente el líquido ardiente, levantando cascadas de fuego azul que crepitan y susurran. Mirar esas llamas es hipnótico, te desconecta del pensamiento lineal, te sumerge en una contemplación casi primitiva. No hay utilidad en ello, solo pura presencia.

Conxuro en el aire

Y mientras el fuego danza, comienza el conxuro. Una letanía recitada en gallego, con una cadencia rítmica que envuelve la escena. «Mouchos, coruxas, sapos e bruxas…» Las palabras invocan a toda una cohorte de seres de la noche, del imaginario popular gallego: demonios, trasgos, duendes, hechizos… Se nombra el mal, se le conjura, se le pide que se aleje, que se purifique en las llamas sagradas del aguardiente. ¿Es un conjuro ancestral, venido de la noche de los tiempos celtas? Los estudiosos fruncen el ceño, sitúan su creación escrita en el siglo XX, quizá por un vigués llamado Mariano Marcos Abalo allá por los años 60. Pero, ¿importa realmente su datación exacta? Lo que importa es el poder evocador de las palabras, la atmósfera que crean, esa sensación colectiva de estar participando en algo que trasciende lo cotidiano, que conecta con miedos y esperanzas universales. El recitado del conjuro, a media voz o cantado, superpuesto al crepitar del fuego, te sumerge aún más en ese estado de suspensión. La lógica se retira, dejando paso a la emoción, a la sugestión. Es una desorientación buscada, un perderse en el sonido y el símbolo para encontrar, quizá, una forma de protección compartida.

El sabor del misterio

Finalmente, las llamas azules comienzan a menguar. El oficiante las sofoca con cuidado. El líquido resultante, aún humeante, se sirve en pequeñas tazas de barro. Llega el momento de probar la queimada. El calor reconforta las manos. El primer sorbo es intenso: caliente, dulce, con el regusto potente del aguardiente quemado, matizado por el limón y el café. Quema un poco al pasar, pero es un ardor que se siente purificador. No se bebe deprisa, se saborea en pequeños tragos, mientras los ojos se acostumbran de nuevo a la penumbra y los comentarios en voz baja rompen el silencio expectante. Compartir la queimada es tan importante como el ritual mismo. Es el cierre del círculo, la vuelta a la comunidad tras haber viajado juntos a ese territorio mágico invocado por el fuego y las palabras. No es solo una bebida, es una experiencia compartida, un lazo invisible que se crea entre quienes han participado.

Más allá del aguardiente: El porqué de un ritual

¿Por qué pervive la queimada? ¿Por qué sigue fascinando en un mundo cada vez más tecnológico y descreído? Quizá porque, en el fondo, seguimos necesitando rituales. Necesitamos momentos que rompan la monotonía, que nos conecten con algo más grande, aunque no sepamos definir qué es. Necesitamos creer, aunque sea por un instante, que podemos conjurar nuestros miedos y protegernos de las sombras. La queimada se resiste a ser etiquetada como una simple atracción folclórica o una bebida digestiva. Es un acto de fe laica, un juego simbólico, un guiño a las tradiciones ancestrales (sean reales o inventadas, ¿qué más da si funcionan?). Es un recordatorio de que, más allá del mundo funcional, existe una dimensión mágica, poética, que podemos invocar si nos atrevemos a creer colectivamente en ella. Y tú, lector cómplice, ¿entiendes ahora por qué te hablaba de perder el norte? Si sientes esa misma necesidad de buscar momentos de suspensión, de compartir un calor que va más allá de lo físico, entonces la queimada te espera.

No busques entenderla del todo. No intentes analizarla con la frialdad del entomólogo. Simplemente, si tienes la ocasión, participa. Déjate llevar por el baile de las llamas azules, por el eco del conjuro, por el calor compartido en la taza de barro. Quizá descubras que, a veces, la mejor forma de encontrarse es perderse por un rato en la magia sencilla y poderosa de un ritual ancestral… o maravillosamente inventado. Al final, lo que importa es el viaje.

Receta de la Queimada

Ingredientes:

Aguardiente, azúcar blanco fino, cortezas de limón.

Preparación:

En un recipiente de barro cocido de vierte el aguardiente y el azúcar, en la proporción de 120 gramos por cada litro de líquido. Se añaden mondaduras de limón.

Se remueve y se le enciende fuego, con un cazo en el que previamente habremos colocado un poco de azúcar con aguardiente.  Muy despacio, se acerca al recipiente hasta que el fuego pase de uno a otro. Se remueve hasta que el azúcar se consuma.

En el mismo cazo se echa nuevamente un poco más de azúcar, esta vez seco, y colocándolo sobre la queimada se mueve hasta convertirlo en almíbar. Se vierte sobre las llamas y, removiéndolo, se espera a que las llamas tengan un color azulado. Continuar hasta que se queme la casi totalidad del alcohol. Se deja apagar y se sirve.